La Tierra no está quieta
A simple vista, el suelo parece una de las cosas más estables que existen. Caminamos sobre él, construimos ciudades, levantamos carreteras y hasta trazamos fronteras como si la superficie del planeta hubiera estado siempre allí, inmóvil, esperando por nosotros. Pero basta observar un mapa de los volcanes del mundo para descubrir una realidad muy distinta: la Tierra se mueve, se transforma y, en algunos lugares, todavía deja escapar hacia la superficie parte de la energía que guarda en su interior.
Un volcán es una abertura o un sistema de aberturas de la corteza terrestre por donde pueden salir magma, gases y fragmentos de roca. El magma es roca fundida que permanece bajo la superficie. Cuando llega al exterior, recibe otro nombre: lava. Parece una diferencia pequeña, pero en geología las palabras importan. La lava que vemos avanzar por la ladera de un volcán fue magma mientras permaneció bajo tierra.
Ahora bien, ¿por qué hay tantos volcanes en ciertos lugares y tan pocos en otros?
La respuesta está, literalmente, bajo nuestros pies.
La parte exterior rígida de nuestro planeta no constituye una sola pieza. Está dividida en grandes placas tectónicas que se desplazan muy lentamente. Nosotros no percibimos ese movimiento en nuestra vida cotidiana, pero sus consecuencias pueden ser enormes. Allí donde las placas interactúan se producen muchos de los terremotos y volcanes del planeta.
El mejor lugar para comprobarlo es el océano Pacífico. Si marcáramos en un mapa cada volcán situado alrededor de sus márgenes, aparecería una enorme franja que recorre las costas de América y continúa por Alaska, Rusia, Japón, Filipinas, Indonesia y otras regiones del Pacífico. Es el famoso Cinturón de Fuego del Pacífico.
El nombre puede parecer una exageración, pero los números dicen lo contrario. El Programa de Vulcanismo Global del Instituto Smithsonian registra aproximadamente 687 volcanes con actividad durante el Holoceno en las regiones que forman el Cinturón de Fuego. Eso representa alrededor del 57 por ciento de los volcanes incluidos en esa categoría en su base de datos.
Chile ofrece un magnífico ejemplo de la relación entre geografía y vulcanismo. Frente a la costa occidental de América del Sur, la placa de Nazca se introduce debajo de la placa Sudamericana. Este proceso, llamado subducción, está relacionado con la formación de magma y con la impresionante cadena volcánica de los Andes.
Algo semejante ocurre en otras zonas del Pacífico. No es casualidad que Japón, Indonesia, Rusia, Chile y Estados Unidos aparezcan entre los países con mayor número de volcanes registrados por el Smithsonian. Su posición geográfica ayuda a explicarlo.
Pero entonces aparece Hawái y parece arruinar la explicación.
Las islas hawaianas se encuentran lejos de un límite entre placas. ¿Qué hacen allí tantos volcanes?
Hawái se encuentra sobre una zona de vulcanismo conocida como punto caliente o hotspot. Mientras la placa del Pacífico se ha ido desplazando, la actividad volcánica ha dejado una larga cadena de volcanes. Es como mover lentamente una hoja de papel sobre una fuente de calor: el papel cambia de posición aunque la fuente permanezca aproximadamente debajo.
La comparación sirve para imaginar el proceso, aunque la realidad del interior terrestre es muchísimo más compleja. De hecho, el origen profundo de todos los puntos calientes continúa siendo objeto de investigación. La ciencia no pierde credibilidad cuando reconoce que todavía existen preguntas sin resolver. Ocurre justamente lo contrario.
También sería un error imaginar que todos los volcanes se parecen.
Algunos forman las enormes y suaves pendientes características de los volcanes en escudo. Mauna Loa, en Hawái, pertenece a este grupo. Otros forman estructuras altas y empinadas compuestas por materiales acumulados durante numerosas erupciones. Son los estratovolcanes o volcanes compuestos.
Y algunos pueden aparecer donde nadie esperaba encontrar una nueva montaña.
En febrero de 1943, un campesino llamado Dionisio Pulido trabajaba en sus tierras en el estado mexicano de Michoacán cuando comenzó una erupción. De aquel terreno surgió el volcán Parícutin. Su nacimiento permitió que científicos y habitantes de la región observaran algo extraordinario: el desarrollo de un nuevo cono volcánico desde sus primeras etapas.
Sin embargo, hablar de volcanes únicamente como montañas que expulsan lava también resulta engañoso.
La lava es solo uno de sus posibles peligros. Una erupción puede lanzar ceniza a la atmósfera, liberar gases, producir flujos piroclásticos —mezclas extremadamente calientes de gases y materiales volcánicos que pueden desplazarse rápidamente— y generar lahares, corrientes de lodo y materiales volcánicos capaces de recorrer valles y cauces.
Por eso, en determinadas erupciones, estar lejos de la lava no significa necesariamente estar fuera de peligro.
La historia ofrece ejemplos dramáticos. En el año 79, la erupción del Vesubio afectó las ciudades romanas de Pompeya y Herculano. Muchos siglos después, en 1980, la erupción del monte St. Helens, en Estados Unidos, transformó violentamente el paisaje circundante. En 1991, el Pinatubo, en Filipinas, produjo una de las mayores erupciones del siglo XX.
Pero los volcanes no son solamente destructores.
También son constructores.
Las islas hawaianas son tierras creadas por actividad volcánica. En muchas regiones, antiguos materiales volcánicos forman parte del terreno sobre el que hoy existen bosques, cultivos, pueblos y ciudades. El vulcanismo participa en la creación y transformación del relieve terrestre desde muchísimo antes de que existieran seres humanos para contemplarlo.
Esta doble naturaleza explica algo que, al principio, puede parecer extraño: numerosas poblaciones viven cerca de volcanes.
El riesgo existe, pero también existen razones históricas, económicas y geográficas para permanecer allí. Algunas regiones volcánicas poseen tierras agrícolas productivas; otras aprovechan recursos geotérmicos; muchas se han convertido en destinos turísticos. Un volcán puede ser simultáneamente una amenaza, un recurso, un paisaje y parte de la identidad de una comunidad.
Entonces surge una pregunta inevitable: si conocemos tanto sobre ellos, ¿podemos saber cuándo ocurrirá la próxima erupción?
No con absoluta precisión.
Los volcanólogos pueden observar pequeños terremotos, deformaciones del terreno, cambios en las emisiones de gases y otras señales que indican que algo está sucediendo bajo la superficie. Satélites, sismómetros y otros instrumentos permiten vigilar volcanes mucho mejor que en siglos anteriores.
Sin embargo, un volcán no funciona como un reloj. Los científicos pueden evaluar señales y estimar posibilidades, pero eso no significa que siempre puedan anunciar: “La erupción comenzará mañana a las 3:17 de la tarde”.
Esa incertidumbre es parte del trabajo científico.
También explica por qué resulta difícil responder incluso una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuántos volcanes hay en el mundo?
Todo depende de qué estemos contando y de cómo definamos la actividad volcánica. El Programa de Vulcanismo Global del Smithsonian utiliza el Holoceno —aproximadamente los últimos 12 000 años— como una referencia importante para estudiar volcanes relativamente recientes. Su base de datos registra actualmente más de 1 200 volcanes con evidencia de actividad durante ese período. Las cifras pueden modificarse a medida que aparecen nuevas investigaciones y se revisan antiguas erupciones.
Un volcán, además, no necesita estar expulsando lava hoy para merecer la atención de los científicos.
Quizás esa sea una de las lecciones más interesantes que ofrecen los volcanes. Nos obligan a pensar en escalas de tiempo diferentes de las nuestras. Una persona considera antiguos cien años. Para un planeta de unos 4 540 millones de años, un siglo es apenas un instante.
Nosotros miramos una montaña y vemos algo permanente.
La Tierra ve otra cosa.
Ve roca que asciende y se enfría, placas que avanzan unos centímetros, océanos que se abren, montañas que se levantan, islas que nacen y continentes que lentamente cambian de posición.
Por eso un mapa de volcanes es mucho más que un mapa de lugares peligrosos. Es una especie de radiografía de un planeta activo.
Y también una advertencia contra una ilusión muy humana: creer que aquello que parece inmóvil necesariamente lo está.





